El proyecto nació de las raíces de Flávia Cristina, a orillas del delta del Parnaíba, en una isla pesquera. Para recuperar estos recuerdos familiares, el espacio de 108 m² está decorado con guijarros claros que representan arena. Las artesanías nororientales aparecen en cestas elaboradas con paja de carnauba. Mármol, ladrillo visto y fibras naturales son algunos de los materiales del salón. Se destacan un cuadro de encaje de bolillos realizado por encajeras de Ilha Grande (PI) y la mesa de comedor de vidrio, diseñada por la diseñadora.