El viaje por el estar de 42 m2 comienza en un vestíbulo revestido de estampas que evocan un bosque denso y crean un escenario que desacelera el movimiento y reduce gradualmente los estímulos externos. A continuación, una sorpresa: la sala se abre como una amplia claridad. "El cambio súbito de proporciones sorprende al cuerpo antes de la comprensión cognitiva. De esta manera, proponemos a los visitantes abandonar respuestas inmediatas para explorar nuevos territorios mentales", dice la arquitecta Vanessa Martins Miranda. Para ello, surgen elementos como la chimenea escultórica, que emula las fogatas ancestrales, una alfombra verde como el césped y el sillón dorado, que representa el Sol. El ángulo del techo inclinado captura la luminosidad natural a lo largo del día. Por último, la instalación Ondulante, de Amalia Giacomini, sugiere, con sus cadenas metálicas, la fluidez entre estructura y libertad.