El proyecto es un rescate de todas las cocinas que la arquitecta lleva en la memoria, con elementos que hacen referencia a esos recuerdos. El terracota, el color del barro, se adopta en el suelo, las paredes y el techo, tanto en el azulejo como en la textura. La iluminación es indirecta, acogedora. El mobiliario de cocina está a la vista, permitiendo que el chef vea todo lo que está dispuesto en las estanterías. En el mobiliario suelto, pocas pero destacadas piezas. La mesa de más de 6 metros de longitud invita al visitante a sentarse y a compartir la experiencia con los demás. El único bloque de enormes sofás crea una sensación de cocina de estar. En la decoración, limoneros, naranjos, granados, pimientos y pimientos, amalgamados con libros de recetas.