Una quietud asociada a los pinos tiene un origen curioso: un componente natural de los árboles posee propiedades herbicidas, lo que inhibe el crecimiento de otras plantas alrededor y, consecuentemente, aleja la fauna. En este escenario tranquilo, el viento y su silbido se convierten en una gran presencia. El ingeniero agrónomo y paisajista aprovechó esta cualidad sonora ya presente en el lugar para complementar el bosque existente con referencias esencialmente japonesas. El mobiliario de madera carbonizada, las obras de arte de Bia Dória y la instalación montada con telas sobresalen en los 302 m2. Como un origami, la escalera de mármol y quartzito se despliega para atravesar el espacio.