En el imaginario colectivo, el vino suele estar vinculado al pasado europeo. No en esta bodega, donde el arquitecto desafía este modo automático y cuenta la historia de la bebida en el continente africano, donde, hace más de 5 mil años, en el antiguo Egipto, regaba rituales de espiritualidad, fertilidad y conexión con lo divino. "Este rescate transforma el acto de celebrar en un gesto de resistencia y pertenencia", explica el autor. El proyecto de 33 m2 evoca un santuario gracias a recursos como el vitral de colores vibrantes (que remite a la atmósfera de catedrales) y los arcos en la arquitectura y en las estanterías (relacionados con templos, iglesias y espacios de contemplación). La madera bien trabajada en tonos cálidos realza la tradición, lo artesanal y la permanencia, además de recordar que tanto los vinos como los sueños requieren tiempo hasta el momento del disfrute.